La fragilidad de la Autoestima ¿Qué puedo hacer?

Por autoestima nos referimos a la evaluación que cada persona hacemos de nosotras mismas. Dentro de esta evaluación encontramos: satisfacción para nosotros/as mismos/as, conciencia de nuestro valor y confianza en la capacidad para realizar una determinada tarea.

Cuando nos valoramos a nosotros/as mismos/as, no cuestionamos nuestra importancia y nuestras capacidades, no sentimos temores excesivos al emprender actividades nuevas y difíciles, tendemos a ser optimistas y confiados en poder aprovechar nuestros recursos. Las situaciones difíciles no se perciben como barreras, sino como desafíos estimulantes que generan energía y ganas de hacer.

Para aquellos/as con baja autoestima, la situación es opuesta. Cada pequeña prueba puede generar ansiedades y temores que llevan a escapar en lugar de un mayor compromiso. Las dudas sobre la capacidad de tener éxito afectan el rendimiento y disminuyen la motivación.

Este estado de tensión favorece un fracaso (causado por la falta de compromiso y actitud) que refuerza aún más las creencias de la persona al crear un círculo vicioso.

La autoestima obviamente no es un reflejo real de nuestras competencias, sino que solo concierne a las creencias que tenemos por nuestra cuenta, que luego influyen en la actitud general hacia la vida. En particular, la autoestima está estrechamente relacionada con la relación que construimos con los demás: solo si nos respetamos a nosotros mismos, a nuestras necesidades y a nuestros potenciales, podemos construir una relación constructiva con otras personas. Cuando la autoestima se lesiona, la relación con los demás también se ve profundamente afectada.

Aquí, entonces, en estos casos, proyectamos la falta de autoaceptación hacia el exterior, en una forma de temor a ser rechazados por los demás y sentimos desagrado, falta de reservas, no observados.

En las formas más extremas, la falta de autoaceptación se manifiesta en un sentimiento profundo y sutil: el deseo de “no ser visto”. No siempre podemos reconocer este aspecto en nosotros mismos: simplemente luchamos por salir de la casa, aceptar invitaciones, quedarnos con los demás. El deseo de no ser visto es la necesidad de esconderse del contacto con otros. Pero básicamente hablamos de un deseo que tiene raíces profundas y primitivas, simplemente pensamos en las metáforas ocultas detrás de algunos juegos de los niños como el “escondite” o los muchos cuentos donde el protagonista “se pierde”. Este instinto de esconderse se nutre del sentimiento de no poder, de no estar a la altura.

Los principales síntomas que ocurren cuando una persona tiene una autoestima “baja” son los siguientes:

Ansiedad crónica: se manifiesta cuando el individuo no tiene confianza en sus habilidades y, por lo tanto, vive un estado de ansiedad que aumenta cada vez más cuando se enfrenta a varias pruebas.

Autocrítica: la persona no se siente a la altura de las situaciones que lo rodean y muy a menudo tiende a estar obsesionada con el juicio de los demás. De esta manera, las elecciones de su vida están más condicionadas por la idea de complacer a los demás en lugar de perseguir sus propios deseos e inclinaciones.

Envidia hacia los demás: las personas que tienen baja autoestima tienden a envidiar a los demás por sus éxitos personales y personales (“¿por qué los demás lo hacen y no yo?”).

Síntomas físicos: a veces se pueden presentar manifestaciones físicas como taquicardia, temblores, tartamudeo, enrojecimiento y sudoración.

Por esta razón, es esencial encontrar las estrategias correctas para resolver / aliviar este problema y buscar un estado de mayor bienestar y calidad de vida.

El primer paso es aceptar nuestros propios fracasos y decepciones, pensando que estos son solo momentos temporales, cíclicos y, a menudo, normales en la vida y no un destino ineludible del que no podemos escapar. Este pasaje requiere un esfuerzo para salir de nuestros patrones mentales y la forma en que tenemos que dar sentido al mundo ya la vida.

El segundo paso es “aprender” a expresar el punto de vista, considerándolo legítimo y merecedor de ser expresado, incluso cuando no coincida con el de los demás. Un pasaje de este tipo trata sobre sentir, comprender y aceptar que “Yo también existo y que valgo como todos los demás”.

Finalmente, desde un punto de vista evolutivo, es necesario aclarar dentro de uno mismo/a, con respecto a aquellos que son nuestros propios deseos y objetivos: “¿Qué es lo que realmente quiero para mí? ¿Qué quiero lograr? “. Comenzar a comprender quiénes somos y lo que realmente queremos es un paso complejo, que pocos de nosotros estamos acostumbrados a hacer con conciencia, pero eso se convierte en un ejercicio de importancia fundamental, especialmente para aquellos/as que necesitan ver sus habilidades y su identidad expresada.

Este trabajo es ciertamente muy difícil, especialmente para aquellas personas que siempre han vivido este tipo de malestar interno y quizás han acumulado una serie de situaciones desagradables o “sin éxito”, en la vida personal o profesional, que determinan una historia de vida que a menudo es dolorosa.

Suponiendo que nunca sea demasiado tarde para volver al juego y cambiar, si no puede hacerlo tú mismo/a, el consejo es recurrir a un especialista que pueda acompañarnos en una reflexión más profunda, que nos permita sobre todo ver todos nuestros recursos ocultos para extraer; esos recursos que nunca nos dimos cuenta que teníamos: reconocerlos, mejorarlos y ponerlos en el campo, haciéndolos verdaderamente nuestros.

Psicólogo Te Motivan

Hilera 8, Málaga

Carlos Casaleiz

650484484

Terapia Centrada en Soluciones.

 

Como psicólogo orientado al cambio, quiero centrar mi atención en los aspecto cambiantes y cambiables de la experiencia de mis clientes. Por tanto, no me fijo en los aspectos y características del cliente o de una situación que no es susceptible de cambio.

Unas de las modas actuales en terapia es el diagnóstico de trastorno de personalidad, bordeline. He estado sondeando numerosa bibliografía la respecto y aún no he encontrado ninguna persona que haya curado o cambiado una personalidad bordeline. lo mejor que se puede hacer con este diagnóstico, aparte de años de terapia extensa y posiblemente infructuosa , es sobrellevar el trastorno.

Y es en este punto donde existe un desacuerdo entre los psicólogos/as centrados en soluciones y los psicólogos/as de otras orientaciones que trabajan a largo plazo. Los psicólogos/as orientados en la solución nos gusta trabajar con objetivos bien definidos, que sean alcanzables en un periodo de tiempo razonable. Los terapeutas que trabajan a largo plazo se comprometen a menudo a intentar características relativamente fija de la persona, como su personalidad  o sus complejos. Para mi curar una personalidad bordeline está más allá de mis conocimientos, pero ayudar a esta persona a conseguir un trabajo o hacer amigos o tener una relación sexual satisfactoria, o dejar de autolesionarse, si está dentro de mis posibilidades.

Por tanto, me centro en los aspectos de la situación de la persona que parece más susceptible de cambio, sabiendo que iniciar cambios positivos y ayudar a la persona a conseguir pequeños objetivos puede tener efectos inesperados y más amplios en otras áreas( quizás en su personalidad). Evitando así los constructos psicológicos que no son útiles para el cambio.

 

Jay Haley (1976) ha expresado bien esta idea:

Catalogar a un niño como “delincuente o decir que sufre una disfunción cerebral mínima” o catalogar a un adulto como “alcohólico o esquizofrénico” es participar en la creación de un problema de tal forma que el cambio se hace más difícil. Un terapeuta que describa la situación familiar en términos de” una madre dominante y padre pasivo” ha creado problemas con ello, aunque pueda pensar que solamente está identificando los problemas que se le presenta. la manera en que se etiqueta un dilema humano puede cristalizar un problema y hacerlo crónico.

Este autor nos ha dado la idea que es mejor tratar a la gente como si fuera normal, porque cuando las personas son tratadas de forma normal, tienden a actuar de modo más normal.

Casaleiz Psicólogo Málaga

Bibliografía: (O’Hanlon and Weiner Davis, 2010)

¿Qué tipo de familia tienes? Repercusiones.

Hoy estaba poniendo en orden todos mis libros y me he topado con este magnífico ejemplar de Nardone y sus colaboradoras. En este libro han sintetizado el trabajo de años de investigación-intervención en una serie de esquemas de organización familiar. Los padres y los hijos podrán encontrar la descripción de seis modelos ejemplares de grupos familiares, aquellos que más a menudo destacan en el panorama actual y que en estos últimos años emergen como responsables de la formación de nudos problemáticos dentro de la familia. En este post, para no extenderme mucho, os dejo el modelo sacrificante.

 

M o d e l o   s a c r i f i c a n t e

Cómo se forma

En este tipo de parejas, habitualmente uno de los puntos clave de su visión del mundo es el sacrificio, considerado como el comportamiento más idóneo para hacerse aceptar por el otro y para mantener estable una relación. El resultado es la falta de satisfacción de los deseos personales y la continuada condescendencia con las necesidades y con los deseos de los demás. Desde los inicios de la pareja se configuran tres salidas posibles:

— La pareja se ajusta en una relación complementaria con una aparente posición de inferioridad del componente que se sacrifica, el «altruista», y una aparente superioridad del otro, el «egoísta», que disfruta de los beneficios derivados del sacrificio del otro. Decimos aparente porque la carta del sacrificio puede jugarse también para dominar la relación. — Se inicia una competición para ver quién se sacrifica más con vistas a objetivos externos (casarse, comprarse una casa); cada ocasión es un motivo de renuncia a vivir un placer presente con la coartada de aumentar un disfrute futuro. — La parte objeto de sacrificio no se siente cómoda, evitando la resistencia del «mártir» que crea para él ocasiones de satisfacción, poco a poco lo habitúa a recibir, inicia así una alternancia funcional recíproca de dones y regalos que tiene su feliz resultado en el bienestar.

En los dos primeros casos empieza a consolidarse un modelo de relaciones familiares cuya estabilidad se debe a la constante repetición del comportamiento sacrificante, puesto en acción de forma indiscriminada en cada situación en la que se presenta un problema o es necesario superar una dificultad, ya sea en la relación de pareja1 o en relación con los hijos.

 

Modalidades comunicativas

En las familias en las que la modalidad de relación que prevalece es el sacrificio, se notan usualmente las siguientes redundancias comunicativas. El contenido de los discursos gira siempre en torno a la idea central de que el deber de los padres es el de sacrificarse. El placer mayor es el placer de los hijos, del cónyuge, de los padres propios, de los parientes, amigos y no el propio. Parece que el asunto sea «ya se sabe que la vida es principalmente una cadena continua de obligaciones». Las palabras «sacrificio» y «deber» son los términos más recurrentes, aquellos que confieren la impronta determinante de la filosofía de vida. Sin embargo, muchos discursos hacen referencia también a la desilusión experimentada por el inexistente aprecio de las privaciones y renuncias soportadas a favor del bien común. Pero a menudo el incomprendido persevera en su comportamiento, con declaraciones explícitas del tipo «tú no entiendes mi sacrificio, si no me sacrificase yo…», etc., o bien asume silenciosamente actitudes de víctima. Otros mensajes acaban de construir la visión del mundo sacrificante (que presenta aspectos depresivos). Se critican los comportamientos de aquellos padres que buscan el placer y que «descuidan a los hijos». Además, puede estar presenta la idea de que el dejarse guiar hacia el placer traerá, muy probablemente, la desgracia. A veces, surge también una concepción de origen religioso del placer como transgresión que prevé un castigo. Argumentos frecuentes de la comunicación tratan sobre la satisfacción ajena, sobre los propios dolores físicos y morales, sobre la ingratitud, la enfermedad, los sepelios, los muertos, las separaciones y, cuando la visión se extiende, aparecen incidentes, problemas ecológicos, guerras y epidemias. Normalmente, los hijos intentan que los padres acepten su

diferente visión del mundo y de la vida, y les exhortan a divertirse más, a salir, a viajar, pero los padres responden que, si los hijos quieren seguir vestidos a la moda, continuar sus estudios, tener su propio coche, etc., ellos tienen que continuar sacrificándose y dejar de hacer muchas cosas.

Relaciones

En las relaciones se presentan unos comportamientos que en otro lugar uno de los autores (Nardone, 1998) ha definido como «egoísmo insano» y «altruismo insano». «El comportamiento altruista, de hecho —como Elster (1979) resalta—, conduce a la construcción de interacciones sociales que se basan en la realidad de algunos que dan y otros que cogen, pero el altruista necesita egoístas insanos que cojan lo que él les da.» Las relaciones son a menudo asimétricas y el que se sacrifica, aunque en apariencia humilde y sometido, está en una posición de hierro, porque a través de sus renuncias obtiene una posición de superioridad, haciendo que los demás se sientan siempre culpables o en deuda. Esto crea un juego familiar que se fundamenta en un sistema de débitos y créditos con deslizamientos hacia el lado del chantaje moral. La relación con los hijos se basa a menudo en el altruismo insano por el que los padres dan sin que se les pida; si su sacrificio no es apreciado se lamentan, se enfadan y tachan a los hijos de desagradecidos, o bien imponen inquietantes silencios; se quedan asombrados si alguien les dice que aprendan a recibir, que no se dejen ver y que den solamente cuando se les pida de forma expresa haciendo de este modo que su sacrificio sea reconocido y apreciado, porque esta posición va en contra de sus vivencias. A veces, estas personas pueden entender racionalmente lo que sería justo y razonable, pero emocionalmente permanecen clavadas en su repertorio usual de comportamiento.

Las reglas

En este caso hay que distinguir obligatoriamente las reglas que gobiernan el comportamiento de los padres y las de los hijos, porque son especulares.

Las reglas de los padres.

  1. a regla: En la vida hay que sacrificarse por los demás y hacer lo que les gusta a los demás, para disfrutar de su placer o, sencillamente, para sentirse amados y aceptados.

2.a regla: El placer es una experiencia que no hay que buscar, solamente el placer de dar a los demás es legítimo.

3.a regla: Los padres, o uno solo de los dos, son la columna en la que descansa la familia y asumen sobre sí todo lo que incumbe a la vida diaria de la familia.

4.a regla: Aquel padre que es exonerado de cualquier incumbencia familiar orienta todas sus energías en el trabajo. Sólo en algunos casos extremos puede no comprometerse en todos los frentes y convertirse en una especie de príncipe consorte.

5.a regla: Los padres tienen la expectativa de que los hijos les recompensarán por todo lo que han estado haciendo por ellos, sea teniendo éxito en la vida u obteniendo todo aquello que ellos no han podido tener.

Las reglas de los hijos.

1.a regla: Es un deber de los padres dar a los hijos lo que necesitan o, por el contrario, es un deber del hijo satisfacer a los padres.

2.a regla: Los padres tienen la obligación de mantenerlos sin límite de tiempo o, por el contrario, es un deber del hijo trabajar además de estudiar y contribuir al presupuesto familiar.

3.a regla: En la vida hay quien se sacrifica y quien de esto saca beneficios.

 

¿Qué significados emergen?

— Si eres altruista los demás te aceptan, pero te explotan. — Cada sacrificio merece reconocimiento, aprobación y recompensa. — El sacrificio no reconocido genera desilusión, resentimiento, descontento y la idea de que no se ha hecho suficiente. — El placer es una experiencia que a menudo no puede permitirse. — Cada uno es libre de elegir los espacios, formas y momentos del sacrificio. — Los hijos, tanto varones como mujeres, son empujados a sacrificarse para conseguir el éxito. — Todos los recursos de la familia están a disposición de los hijos, a fin de que tengan la posibilidad de destacarse.

¿Cuáles son las consecuencias en las acciones de las personas?

Los hijos, sobre todo los varones, son exonerados de cualquier tarea doméstica, son satisfechos en todas sus exigencias y difícilmente se les niega la moto, el móvil, el ordenador, la ropa de marca, las vacaciones en Inglaterra, etc., aunque esto cueste auténticos sacrificios. Los hijos han de sentirse iguales a los demás o tener, incluso, mayores oportunidades. Los hijos se muestran poco entusiastas, descontentos, parecen apreciar poco todo este bienestar y más bien suelen detestar el modelo que proponen sus padres. A veces, incluso, desarrollan actitudes y comportamientos de rechazo o de violencia en la relación con sus padres. Este boicot no sólo reduce la tendencia, sino que la amplifica. En efecto, el sacrificio no aprobado genera un esfuerzo mayor para sostener el sacrificio mismo. En un sistema sacrificante los padres se lamentan de su vida pero no toman ninguna iniciativa práctica para mejorarla. Emplean casi todas las energías en satisfacer las necesidades de la familia. Los comportamientos de renuncia son numerosos: no van al cine, al teatro, al gimnasio o de vacaciones. Es muy rara su participación en eventos de vida social, amistades, grupos culturales y políticos; la única excepción es el frecuentar grupos religiosos. El marido puede estar poco implicado en lo que sucede en la familia, porque se sacrifica en el ámbito laboral o porque para huir del clima familiar poco alegre se busca distracciones e implicaciones en otros contextos. En algunos casos (especialmente si la mujer desarrolla síntomas físicos o formas de hipocondría) llega a parecerse mucho a la mujer. Se observan también hijos que aceptan el modelo sacrificante y prefieren dedicar su propio tiempo más a los estudios que a la diversión. Éstos habitualmente ayudan a sus padres en todo y por todo, sacrificando su propio tiempo libre para hacer algo útil para la familia.

Algunos autores opinan que este sistema familiar «ya no está de moda», en contraste con todos los mensajes de la sociedad actual que empujan al hedonismo, al consumismo y al placer. Sin embargo, estos autores no consideran que esta organización familiar tiende, de todas formas, a garantizar a los adolescentes la adecuación a los estándares medios de sus coetáneos porque los padres quieren que el hijo tenga todo aquello que los demás tienen: vestidos, distracciones y status symbol. La atmósfera que se respira en estas familias no es ciertamente alegre, está cargada de ansiedad y de preocupaciones, por lo que el adolescente tiende a rehuirla y a buscar refugio en las amistades, en el colegio o en el deporte; por desgracia, a veces en otras cosas. En nuestro trabajo hemos observado tres tendencias usuales en los hijos de estas familias:

1.” caso: La inserción en el mundo exterior presenta dificultades y obstáculos, porque el joven hiperprotegido no está acostumbrado a las frustraciones y a los rechazos, que dan lugar a un regreso a la familia; el consecuente rechazo de los contactos con el exterior y el completo recogimiento sobre sí mismo puede llevar al trastorno de evitación social o a formas de patología psíquica más agudas, como las crisis psicóticas, trastornos de la alimentación y fobias.

2.° caso: Se encuentran dificultades de inserción, pero se está dispuesto a todo con tal de no volver a respirar la sofocante atmósfera familiar. Se podrán buscar, entonces, contextos cuya inserción no se debe a capacidades propias sino por adhesión a comportamientos de grupo (ultras, nazis, skins, salas de juegos, bandas) donde será fácil encontrar ocasiones para desviarse. En este caso, el adolescente se vuelve a menudo violento, sobre todo en familia. Los padres son las víctimas designadas. Por desgracia, a veces, esto llega a ser un auténtico equilibrio familiar, hasta que ocurre algo grave.

3.” caso: El modelo de vida que se basa en el sacrificio es adoptado plenamente por el hijo. Esto puede llevar al adolescente a alcanzar objetivos importantes en su trabajo. Sin embargo, cuando el éxito profesional no llega, esta adhesión es el fundamento de crisis depresivas o trastornos anoréxicos. Los trastornos anoréxicos golpean sobre todo a las chicas, mientras que los depresivos son más frecuentes entre los varones.

 

Casaleiz Psicólogo Málaga

Hilera 8, 29007 Málaga

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