En mi consulta a menudo escucho la palabra cambio. Es una palabra muy recurrente y transversal. A algunos les gustaría cambiar su forma de vida, otros la casa o el trabajo, mientras que a otros les gustaría aprender a decir lo que piensan sin sentirse culpables o cambiar su forma de reaccionar ante las personas o situaciones. Todos, al menos por una vez, hemos querido cambiar algo sobre nosotros o nuestras vidas. El problema con el cambio es que casi siempre implica fatiga y, a veces, dolor. A menudo a las personas les gustaría cambiar, pero no pueden hacerlo. ¿Por qué es tan difícil «cambiar«?

Cambiar significa literalmente «reemplazar / cambiar» y los seres humanos somos por naturaleza muy habituales. Oh sí, porque casi todo lo que hacemos son hábitos. Hábitos que hemos adquirido de quienes nos rodean, como padres, hermanos y amigos; y que lo hemos hecho nuestro. La madre que solía decirnos que teníamos que ser los mejores de la clase o nuestro equipo de fútbol nos ha acostumbrado a la idea de que todo debe hacerse a la perfección y no se permiten fracasos. Del mismo modo, nos han acostumbrado a pensar que «tienes que tener éxito», «tienes que complacer a la gente», «tienes que estar de acuerdo con tus compañeros», «tienes que ser fuerte» o «no puedes …». Con el tiempo hemos arraigado estos mensajes dentro de nosotros, convirtiéndolos en hábitos en base a los cuales hemos estructurado nuestra vida y nuestra forma de hacer, actuar y pensar en diversas situaciones. Se han convertido en una base segura desde la cual extraer en cualquier momento, dándonos seguridad y estabilidad.

El problema es que los hábitos pueden convertirse en apuestas que a menudo nos sentimos encadenados y que limitan nuestra libertad. En estos casos, nos volvemos un poco como elefantes de circo encadenados a una pequeña estaca de madera que podríamos arrancar en cualquier momento, pero no lo hacemos, ni siquiera lo intentamos. Vivimos pensando que no podemos hacer muchas cosas simplemente porque cuando éramos pequeños lo intentamos y fallamos o nos dijeron que no lo hiciéramos. Nosotros, como el elefante, hemos grabado en nuestra memoria «No puedo y no lo haré» y este mensaje viene a la mente cada vez que intentamos desencadenar un cambio, para salir de nuestro camino. Nos rendimos, nos adaptamos a la vida ligada a esa estaca sin darnos cuenta de que los recursos de esa época no son los mismos que ahora. Nos apegamos a nuestros hábitos a pesar de establecer límites. Pueden ser disfuncionales o crear sufrimiento, de hecho estamos pensando que probablemente sufriríamos más al cambiar. Por lo tanto, permanecemos en el grado de sufrimiento que sabemos que podemos soportar, lo que no socava nuestra estabilidad. Nos adaptamos a todo, incluso al sufrimiento.

Pero a diferencia de lo que es habitual pensar en los hábitos, incluso los más viejos y aquellos con raíces más profundas, con un buen trabajo y mucho esfuerzo, se pueden cambiar. Con el apoyo adecuado y las herramientas adecuadas, cada uno de nosotros puede hacer crecer el elefante que lleva dentro de sí mismo, transformándolo en un poderoso elefante capaz de notar la ligereza de la cadena y la irrelevancia de esa estaca. También puedes acostumbrarte a cambiar.

Carlos Casaleiz

Psicólogo Málaga

Alameda Principal 45

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